El amor y Margarita

Las formas de entender el amor

Frente a colonos de toda laya y condición (los consabidos médicos y psicólogos, coach advenedizos y terapeutas temerarios) el tema del amor es de estirpe filosófica. Ya el bueno de Empédocles, hace unos dos mil cuatrocientos años, comprende el amor como la fuerza responsable de la unión de los elementos que integran todas las cosas. Platón lo interpreta como el aliento que eleva al hombre en busca del bien y de la belleza, las dos caras del Ser. Aristóteles, en su teología, reconoce el amor como la atracción con que el Theos dispara, cual arquero, la flecha al mundo hacia su propia perfección; y así, Dante, casi dos mil años después, recuerda al estagirita en su Divina comedia: es Amor quien «mueve al sol y las demás estrellas». Del amor habló maravillosamente san Agustín: «amor es mi peso, por él voy doquiera que voy». Kant cifra todo el problema ético del hombre en la pugna entre el amor al prójimo y el amor a sí mismo. Nietzsche propuso la religión del amor fati, amor de afirmación de la vida con su carga de dolor, ruido y furia. Y en el atribulado siglo XX, Max Scheler urge a la recuperación del ordo amoris, donde toda vida humana encuentra su sentido. En ese mismo siglo, en nuestro país, con una extraordinaria filosofía, que apenas nadie lee, hermosas páginas sobre el amor han escrito Julián Marías, Xavier Zubiri, Pedro Laín Entralgo, María Zambrano… y, por supuesto, José Ortega y Gasset.

El amor según Ortega

Siendo el amor asunto filosófico por excelencia (tanto que lo lleva inscrito en su esencia; la filosofía es asunto de filía, de amor, a la sofía, la sabiduría), y teniendo a nuestra disposición el patrimonio de la filosofía orteguiana sobre el asunto, ¿por qué no escribir un librito sobre el amor con estos mimbres?

Escogido el lazarillo y el tema, tocaba decidir el tono. No es asunto menor, pues Ortega nos recuerda que un hombre es su estilo. Y ahí sí que reivindica la obrita su mohín de originalidad.

En general, cuando la filosofía se asoma a la calle, Ortega diría «cuando la filosofía es fiel a su aristotélica vocación de transeúnte», adopta una actitud petulante, engola la voz, compone el gesto. Pero cabe, y esta es la única reivindicación apasionada del librito, prescindir de la solemnidad innecesaria y hablar filosóficamente sobre el amor con humor, especialmente el que se ríe de sí mismo, sin detrimento del rigor ni desdoro para el asunto. Un humor que es la antesala de la modestia, pues alimenta esa distancia que nos lleva a reconocer que siempre hay más meandros en el río de los que caben en nuestra pobre cartografía. Shakespeare, en Hamlet, lo expresó mejor: «Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía».

Y así nació esa suerte de sainete filosófico que es El amor y Margarita (APYCE). Toca al público valorar sus prendas, y si logra o no lo que se propone.

Javier Pérez Carrasco para APYCE




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