Low cost generation

Alta tasa de paro, precarización laboral, devaluación de salarios, derechos pisoteados, vacaciones exiguas, abandono escolar, política menguante de becas, concentración de riqueza en pocas manos, fin de la igualdad de oportunidades, nuevas fronteras, horarios vitales que imposibilitan la conciliación personal, profesional y/o familiar, enormes áreas metropolitanas con barrios donde se tiende a la marginación, guetos de excluidos, donde cada vez se hace más difícil la verdadera integración.

Y, a todo esto, la escuela…

Y a todo esto la escuela, donde se busca disciplinar a los niños para que sean obedientes en lugar de autónomos, tanto ayer como hoy sigue a lo suyo, anquilosada en metodologías decimonónicas de la era industrial. Ayer, como escribía en 1884 Francisco Giner de los Ríos, «culpad al carácter verbalista, mecánico y cuantitativo de nuestra enseñanza en sus varias esferas, que atrofia las más nobles facultades del espíritu para hipertrofiar la memoria, olvidando que lo que alimenta no es lo que se come, sino lo que se digiere». Y hoy en 2017, como expone Nuccio Ordine, la escuela europea consiste en «factorías de robots humanos utilísimos, incultísimos y autoconvencidísimos de su excelencia».

Mientras aquí seguimos apáticos, con toda una generación instalada en el «me da igual», en la impasibilidad de ánimo, en la más absoluta dejadez, indolencia, falta de vigor y metidos en terribles bucles cotidianos enajenantes, somos el mejor ejemplo de generación low cost. Somos low cost por nuestro bajo coste en implicación, seriedad, disciplina, fuerza de voluntad, toma de responsabilidades, espíritu de lucha, lealtad, solidaridad, energía y pasión por la educación, la justicia, la salud y las cosas bien hechas.

El mundo está en una era de cambio y es un sinsentido que un niño de tres años de Educación Infantil ya tenga definido lo que estudiará hasta la Universidad. Si todo cambia, avanza y se adapta, la escuela sigue a lo suyo, mientras se olvida que «el mejor método de educación es la felicidad» (Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos), porque el niño amado poseerá más medios para afrontar la vida. En estos tiempos acelerados, mientras en Europa aumentamos las horas escolares de matemáticas, tecnología y economía y los días lectivos en general, en Oriente cincuenta millones de niños y jóvenes chinos estudian piano, Singapur investiga en la felicidad del ser humano y en Corea del Sur, un país tan tecnológico y cibernético, se intensifica en la «inútil» educación humanística con jóvenes surcoreanos arrasando en campeonatos mundiales de filosofía organizados por la Unesco explicando a Platón o Nietzsche.

En fin, Maquiavelo decía que «la humanidad se divide entre los que saben y los que no saben. El que sabe tiene siempre una posición dominante. El segundo es un esclavo del otro». Europa, ¿quo vadis?

María Ángeles Ferrer Forés para Grupo APYCE