Viajar a África

Ir a África, siempre es viajar a lo desconocido. Una sensación de inquietud, ansiedad y curiosidad ante lo que va a venir. En mis viajes a este continente siempre ha sido así.

El avión se desplaza por la pista de Barajas, al principio lentamente, luego más y más rápido hasta que el traqueteo de las ruedas sobre el asfalto deja de sonar y con los ojos cerrados, siempre con cierto miedo, sé que ya estamos en el aire. En línea recta enfila hacia Túnez y desde allí, siguiendo el meridiano, enfila hacia su destino.

Atravesamos el desierto del Sahara, enteramente, de norte a sur. No se acaba nunca. ¡Es enorme! Y hermoso. Una capa constante de color marrón claro, y con ondulaciones (dunas), lo hace de una hermosa monotonía y sensualidad, unas interminables curvas de mujer desnuda. Me recuerda la película El paciente inglés.

De una manera tranquila y en transición dejamos las arena del desierto, empezamos a ver matorrales, arbustos y algún que otro árbol. Luego todo es una masa forestal, estamos sobrevolando la selva ecuatorial. A pesar de los destrozos en la naturaleza y el cambio climático, todavía lo que estudié en geografía física tiene sentido y así lo percibo.

De repente, otras sorpresas me esperan. Los impresionantes montes Camerún, con más de 4000 m. La costa Calabar y el Atlántico, con sus aguas muy oscuras en el Golfo de Guinea, me hace recordar la lectura del libro de Josep Conrad, El corazón de las tinieblas.

Una isla va apareciendo, Bioko, donde se eleva una mole de roca, un picacho alto, muy alto, en medio de la nada, el pico Santa Isabel, el actual Basilé, que con sus poco más de 3000 metros de altura nos da la bienvenida y que, entre amenazas y risa irónica, parece decirnos, ¡aquí estoy yo! Otra estupenda sorpresa cuando suba a su cima… ¡Qué frío pasé!

Gregorio San Juan Asenjo para APYCE

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